90 años de la Guerra Civil Española: lecciones para la lucha de hoy

90 años de la Guerra Civil Española: lecciones para la lucha de hoy
El 17 de julio de 1936, hace noventa años, el golpe de Estado de los militares reaccionarios contra la Segunda República dio comienzo a una guerra de casi tres años que decidiría el futuro de España. Para numerosos historiadores, esta guerra constituyó el «ensayo general» – e incluso la «primera batalla» – de la Segunda Guerra Mundial. Fue en España donde, por primera vez, se enfrentaron abiertamente el fascismo y el antifascismo internacionales: de un lado, las fuerzas reaccionarias españolas, apoyadas por la Alemania nazi y la Italia fascista; del otro, comunistas, socialistas y anarquistas, respaldados por la Unión Soviética, la Internacional Comunista y las Brigadas Internacionales.
A pesar de la derrota sufrida por el campo antifascista – o precisamente a causa de ella –, la Guerra de España no sólo representa uno de los episodios más heroicos de la historia del movimiento obrero internacional, sino que también constituye una fuente inagotable de enseñanzas políticas y militares. En un momento en que las fuerzas fascistas vuelven a fortalecerse en numerosos países y el imperialismo intensifica los preparativos de nuevas guerras por la hegemonía mundial, mantener viva la memoria de la resistencia antifascista en España y extraer las lecciones de aquella lucha resulta más necesario que nunca.
Una contrarrevolución fascista
Tras el final de la Primera Guerra Mundial, la lucha de clases en España alcanzó una intensidad creciente. Mientras la guerra colonial en Marruecos se recrudecía a partir de 1921, en la propia España se consolidó una dictadura de carácter protofascista que no caería hasta 1931. La proclamación de la Segunda República abrió un periodo marcado por profundas reformas sociales y políticas, así como por la creciente oposición de las fuerzas reaccionarias. La victoria electoral del Frente Popular – integrado por republicanos, socialistas, comunistas y nacionalistas catalanes y vascos – impulsó un nuevo ciclo de movilización popular. En numerosas regiones, campesinos y trabajadores comenzaron a llevar las transformaciones más allá del programa gubernamental: ocuparon latifundios, expropiaron grandes propiedades y asaltaron iglesias y monasterios, símbolos del poder de una Iglesia estrechamente vinculada a los sectores más conservadores. Contrariamente a lo que sostenía la propaganda de la derecha, España no vivía una revolución socialista. De hecho, ni siquiera el PSOE, y mucho menos el PCE, formaban parte del Gobierno surgido de las elecciones de febrero de 1936.
El 17 de julio de ese mismo año, un amplio bloque integrado por militares sublevados, monárquicos, conservadores, fascistas, grandes terratenientes, sectores del gran capital y la jerarquía eclesiástica, con el respaldo decisivo de la Alemania nazi y la Italia fascista, se alzó contra la República. En el transcurso de casi tres años, los sublevados conquistaron la totalidad del territorio español, instauraron un régimen de terror, forzaron al exilio a centenares de miles de personas, destruyeron el régimen republicano e impusieron una dictadura fascista encabezada por Francisco Franco. La guerra costó la vida a cerca de medio millón de personas y, durante la dictadura franquista, que se prolongó hasta 1975, alrededor de otras 200.000 fueron ejecutadas o asesinadas por motivos políticos.
Antifascismo y Frente Popular
El Frente Popular constituyó una amplia alianza democrática y antifascista integrada por todas las fuerzas comprometidas con la defensa de la República frente a la reacción, con la excepción del poderoso movimiento anarquista español, que permaneció al margen de la coalición gubernamental. Sin embargo, la actuación de los sectores liberales y socialdemócratas estuvo marcada por constantes vacilaciones. Recelaban de las reformas más profundas, temían la movilización independiente de las masas y evitaron actuar con la contundencia necesaria frente a la conspiración militar. Generales como Francisco Franco o Emilio Mola, cuya implicación en los preparativos del golpe era conocida, no fueron detenidos, sino simplemente destinados a otros mandos militares. Del mismo modo, rechazaron armar a la población, tanto antes como después del estallido golpista. Al mismo tiempo, depositaron sus esperanzas en el apoyo de las democracias liberales occidentales, mientras mantenían una actitud de desconfianza hacia la Unión Soviética, el movimiento comunista y los miles de voluntarios extranjeros que acudían a España para combatir el fascismo. A medida que la guerra avanzaba y la derrota parecía inevitable, el derrotismo fue extendiéndose entre una parte importante de esas fuerzas políticas. Finalmente, en marzo de 1939, sectores republicanos protagonizaron un golpe de Estado en Madrid con el propósito de negociar la capitulación y entregar el poder a Franco.
Frente a esas vacilaciones, el pueblo español protagonizó una resistencia de extraordinaria amplitud y heroísmo. La defensa de la República adquirió simultáneamente un carácter antifascista, revolucionario y, debido a la intervención de las potencias extranjeras, también de liberación nacional. Mientras el Gobierno dudaba, fueron los propios trabajadores y trabajadoras quienes tomaron la iniciativa. Se armaron, organizaron milicias populares y acudieron no sólo a defender sus ciudades, sino también a reforzar los frentes donde los militares sublevados habían logrado sus primeros avances. Al mismo tiempo, muchos soldados se negaron a secundar a los oficiales sublevados e, incluso, se enfrentaron a ellos. La resistencia alcanzó especial intensidad en Asturias, Barcelona, Bilbao y Madrid, grandes centros industriales donde la clase obrera contaba con un elevado grado de organización y conciencia política.
Entre todas las fuerzas que defendían la República, el Partido Comunista de España (PCE) destacó por la coherencia de su estrategia. Incluso antes de la sublevación había reclamado medidas contundentes contra los conspiradores y defendido el armamento general del pueblo como condición indispensable para frenar el avance del fascismo. Una vez iniciada la guerra, el PCE impulsó la creación de milicias populares que, progresivamente, fueron transformándose en un ejército republicano disciplinado, centralizado y capaz de operar con eficacia. Frente a la dispersión organizativa que caracterizó a otros sectores – en particular a buena parte del movimiento anarquista –, los comunistas defendieron desde el principio la necesidad de un mando unificado y de una estructura militar regular. Ese papel dirigente se tradujo en un extraordinario crecimiento político. En apenas unos meses, el PCE pasó de ser una organización relativamente pequeña, con entre 15.000 y 30.000 militantes, a convertirse en un partido de masas que llegó a reunir alrededor de 300.000 afiliados. Su compromiso también quedó patente en los momentos finales de la guerra: mientras numerosos dirigentes republicanos abandonaban el país tras la caída de Barcelona, los comunistas continuaron organizando la resistencia y fueron los últimos en defender Madrid frente al avance de las tropas franquistas y frente a quienes propugnaban la capitulación.
La experiencia de la Guerra Civil Española constituye una enseñanza de extraordinario valor para comprender la lucha contra el fascismo. Demuestra la importancia de construir amplias alianzas antifascistas, de movilizar a las masas populares y de aprovechar la enorme capacidad de organización y sacrificio de la clase obrera cuando dispone de una dirección política clara. Al mismo tiempo, pone de manifiesto las limitaciones del antifascismo burgués. Las vacilaciones de los sectores liberales y socialdemócratas, su temor a impulsar transformaciones más profundas y su confianza en el apoyo de las democracias occidentales debilitaron la capacidad de resistencia de la República en momentos decisivos.
La Guerra Civil Española constituye, por tanto, una valiosa lección sobre la política de alianzas antifascistas, sobre la capacidad de movilizar a las masas para la lucha, sobre el enorme potencial que encierra, en particular, la clase obrera y sobre la concepción revolucionaria de la política militar. Pero también pone de manifiesto las debilidades estructurales y la falta de coherencia del antifascismo burgués. Al mismo tiempo, es una advertencia de lo que el fascismo significa para los pueblos: guerra, terror, opresión y exterminio en masa. En lo que respecta a la táctica del Frente Popular y al rechazo de una toma inmediata del poder por parte del proletariado, los trotskistas y los anarquistas acusaron entonces – y siguen acusando hoy – a los comunistas, como han hecho siempre, de haber traicionado la revolución. Sin embargo, mientras que durante décadas la política del Frente Popular fue valorada positivamente en el campo socialista por haber impedido la llegada al poder del fascismo en Francia y por haber logrado frenar durante varios años su victoria en España, en la actualidad partidos como el Partido Comunista de Grecia (KKE) y el Partido Comunista de los Trabajadores de España (PCTE) consideran que aquella estrategia constituyó un error. Debemos tomar en serio este debate, analizar con rigor los argumentos que sostienen esas posiciones divergentes y extraer de ellos las conclusiones políticas que correspondan. Al mismo tiempo debemos subrayar que la lucha antifascista hoy está en una situación mucho peor que la de los años treinta. El movimiento obrero internacional – y especialmente el alemán – atraviesa una etapa de gran debilidad, y los 15.000 afiliados de aquella época son una cifra con que la mayoría de los partidos comunistas hoy sólo pueden soñar. Por ello, las estrategias desarrolladas durante la Guerra Civil no pueden trasladarse mecánicamente al presente, sino que deben reinterpretarse a la luz de las circunstancias contemporáneas.
Solidaridad Internacional
Aunque habitualmente se la denomina Guerra Civil Española, el conflicto tuvo desde el primer momento una dimensión internacional. Así lo comprendieron también quienes vivieron aquellos acontecimientos. La defensa de la República despertó un poderoso movimiento de solidaridad que trascendió las fronteras españolas y movilizó a personas de muy diversas sensibilidades políticas: comunistas, socialistas, republicanos, liberales, pacifistas y amplios sectores de la opinión pública participaron en campañas de solidaridad, organizaron manifestaciones, celebraron congresos y promovieron colectas para sostener el esfuerzo de guerra republicano. La expresión más emblemática de esa solidaridad fueron las Brigadas Internacionales. Cerca de 60.000 voluntarios – combatientes y personal civil – procedentes de alrededor de 50 países acudieron a España para defender su libertad.
Esta expresión de solidaridad, y en especial en el caso de las Brigadas Internacionales, que entregaron miles de mártires por la libertad de España, demostraron que el egoísmo nacional no es algo natural, sino que la solidaridad internacional es una realidad profundamente arraigada entre los pueblos. Esa fraternidad se ha manifestado repetidamente a lo largo de la historia. El ejemplo más reciente son las movilizaciones masivas en todo el mundo contra el genocidio en Gaza, así como los intentos de romper por tierra y por mar el bloqueo impuesto por el sionismo.
Aunque la solidaridad popular fue decisiva, el esfuerzo internacional no habría alcanzado la misma dimensión sin una estructura organizativa capaz de coordinarlo como fue la Internacional Comunista, a los partidos comunistas nacionales y a organizaciones vinculadas a ellos, como el Socorro Rojo Internacional. Fueron estas organizaciones las que impulsaron las primeras campañas de apoyo, facilitaron la llegada de voluntarios y organizaron las Brigadas Internacionales.
En el terreno estatal, la principal ayuda exterior procedió de la Unión Soviética. Junto con México – y posteriormente Chile – fue uno de los escasos países que manifestó abiertamente su apoyo a la República. En el otoño de 1936, Moscú rompió el embargo internacional y comenzó a suministrar alimentos, ropa, armamento ligero y pesado, carros de combate y aviones. Asimismo, envió miles de voluntarios y centenares de asesores e instructores militares, al tiempo que colaboró en la creación de una industria de guerra capaz de abastecer al ejército republicano.
Con la contrarrevolución y el derrumbe del bloque socialista entre 1989 y 1991, el movimiento antifascista y revolucionario internacional perdió su principal respaldo estatal. La desaparición del bloque socialista supuso una transformación profunda de la correlación internacional de fuerzas. Estos hechos supusieron una enorme pérdida que no debe ser desestimada, y, junto con la actual debilidad del movimiento comunista y obrero, debe de ser tenida en cuenta a la hora de desarrollar estrategias y tácticas antifascistas en la actualidad. Al mismo tiempo, hay que poner de manifiesto la diferencia que supone que las fuerzas de resistencia – ya sean antifascistas o antiimperialistas – cuenten, en una guerra, con el apoyo de un Estado aliado dotado de industria, fuerzas armadas y experiencia. Aunque no se pueden hacer comparaciones con la Unión Soviética de entonces, esto puede observarse hoy en el papel de Irán respecto a Palestina y Asia Occidental, y el de Rusia respecto al Donbás.
Las potencias occidentales y el fascismo
Por intensa que fuera la solidaridad internacional con la República, el apoyo recibido por los sublevados resultó todavía mayor, especialmente en el plano militar. Desde los primeros días del golpe de Estado, Alemania, Italia y Portugal prestaron ayuda a los insurgentes mediante el envío de armamento, asesores militares, apoyo logístico y efectivos. Sin esa intervención exterior, la sublevación difícilmente habría podido consolidarse. Un ejemplo decisivo fue el puente aéreo organizado por la Alemania nazi, que permitió trasladar desde Marruecos hasta la Península al Ejército de África, la fuerza militar más experimentada con la que contaba Franco. Dado que la mayor parte de la Marina permaneció fiel a la República, aquel despliegue aéreo resultó esencial para el desarrollo inicial de la guerra. La intervención alemana alcanzó también una dimensión simbólica y devastadora con la actuación de la Legión Cóndor, responsable de algunos de los bombardeos más destructivos del conflicto. El ataque contra Guernica, convertido desde entonces en uno de los grandes símbolos de la barbarie fascista, ejemplificó el empleo sistemático del terror aéreo contra la población civil. Aello se sumó la participación de decenas de miles de soldados y un constante suministro de armamento.
Mientras que la fuerzas del Eje respaldaban de forma abierta a los golpistas, las democracias occidentales adoptaron oficialmente una política de «no intervención». En la práctica, aquella neutralidad entregó a España claramente a los fascistas. Francia se negó a suministrar armas al Gobierno republicano, pese a los compromisos adquiridos previamente. Poco después, 27 Estados europeos acordaron imponer un embargo que restringía la venta de armamento a España, entre ellos Francia, Gran Bretaña, Italia y Alemania, pero que no impedía la entrada de bienes militares para armar a los fascistas. Estados Unidos también proclamó oficialmente su neutralidad. Sin embargo, importantes empresas estadounidenses abastecieron al ejército de Franco con combustible, vehículos y otros suministros estratégicos. Del mismo modo, amplios sectores de la élite política y económica británica contemplaban con simpatía la victoria de los sublevados.
Al igual que ocurrió en 1938 con Checoslovaquia y Austria, las potencias imperialistas liberales apostaron por utilizar al fascismo como ariete contra el movimiento comunista y la Unión Soviética. Con ese objetivo fortalecieron deliberadamente al fascismo, sacrificaron otros Estados burgueses e incluso expusieron a sus propios países a un riesgo creciente de guerra, todo ello ocultándolo bajo el discurso de la preservación de la paz. Pese a las diferencias existentes, pueden apreciarse paralelismos con la guerra de la OTAN contra Rusia, en la que, desde esta perspectiva, se fortalece a los fascistas ucranianos, se convierte a Ucrania en un campo de batalla y se expone a toda Europa al peligro de una guerra.
Fascismo y colonialismo
Aunque sea algo de sobra conocido, pocas veces se ha analizado en profundidad el hecho de que el golpe militar comenzó en Marruecos y que una parte importante de las tropas fascistas estaba compuesta por marroquíes. En aquella época, el norte de Marruecos se encontraba bajo dominio colonial español. Durante la guerra colonial contra el movimiento de liberación dirigido por Abd el-Krim (1921-1926), muchos de los futuros generales golpistas, entre ellos el propio Franco, se formaron política y militarmente. En 1934, Franco reprimió además un levantamiento obrero en Asturias con ayuda de tropas marroquíes.
La colonia constituyó, por tanto, un bastión y un importante apoyo del fascismo. La violencia omnipresente en el régimen colonial regresó posteriormente a la metrópoli en forma de fascismo. La actitud persistentemente colonialista de los liberales y los socialdemócratas resultó fatal para la causa antifascista. Se negaron a prometer la independencia a los marroquíes, incluso cuando éstos ofrecieron levantarse contra Franco y atacarlo por la retaguardia. En lugar de ello, depositaron sus esperanzas en la ayuda de las dos mayores potencias coloniales: Francia y Gran Bretaña. Fue una esperanza en vano.
Este capítulo de la historia de España pone en evidencia no sólo la estrecha relación entre colonialismo y fascismo, sino el hecho de que el antifascismo también debe ser, al mismo tiempo, anticolonialista. Quienes no combatan la barbarie colonial en los países oprimidos tampoco podrán derrotar la barbarie fascista en las metrópolis imperialistas. Como demuestra la actitud de amplios sectores de los autodenominados antifascistas en Alemania frente al genocidio y la lucha de liberación en Palestina, esta es una lección que la izquierda alemana aún no ha aprendido. Mientras que ya en diciembre de 2023 miles de personas en Guernica señalaron el paralelismo entre el bombardeo de su ciudad en 1937 y la destrucción de Gaza, organizaciones como la VVN-BdA (por sus siglas en alemán: Asociación de perseguidos por el régimen Nazi – Unión de Antifascistas) o el MLPD (Partido Marxista-Leninista de Alemania) atacan la campaña «Kufiyas en Buchenwald», argumentando que el campo de Buchenwald no es el lugar adecuado para llamar la atención sobre el genocidio en Gaza. ¡Lo es, especialmente ese lugar!
¡Viva la lucha de los pueblos contra el imperialismo y el fascismo!
¡De Guernica a Gaza: nunca más fascismo ni genocidio!
Combatir al fascismo significa combatir a la OTAN: ¡No pasarán!